En la Montaña Baja del Estado de Guerrero, en la comunidad indígena de José Joaquín de Herrera los niños soldado desfilan por tercer año consecutivo.
A grito de ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! destinados a los niños huérfanos, a las viudas, los pueblos, a Zapata; se unen a los adultos de la policía comunitaria en un desfile militar clamando auxilio al Gobierno de México.
En una comunidad de alrededor de 600 habitantes, en la que el cultivo de amapola va en aumento gracias a la violencia de Los Ardillos un grupo delictivo que exige tierras y mano de obra semiesclava para la goma de opio. Quien no se une lo paga caro y la comunidad no quiere unirse.
El año pasado los niños se encontraban armados con escopetas de juguete para llamar la atención del Gobierno y funciono; pero este año ya no son de juguete ahora disparan al aire lanzando consignas y exigiendo al gobierno “que apoye a las viudas, huérfanos y desplazados. Ya basta de delincuencia y discriminación a los pueblos indígenas de México”.
La defensa armada en Guerrero tiene una larga tradición, en donde la gente se arma para protegerse afianzados en que, la Constitución consagra para los pueblos indígenas autonomía en cuestiones de justicia y policía, entre otras y la ejercen. Con el incremento de la delincuencia organizada han tenido que evolucionar de patrullas locales a fuerzas de defensa.
Las fuerzas de defensa pierden vidas con cada enfrentamiento con el narco, el año 2020 fueron seis ataques, de acuerdo a Bernardino Sánchez Luna, veterano guerrillero.
Se cuestiona a Bernardino ¿por qué implicar a los niños?, «El Gobierno no nos a cumplido. Le pedimos ayuda contra los grupos y no la ha prestado. Le pedimos maestros de secundaria, porque no podemos salir del pueblo, y no han llegado. Nuestra tarea es cultivar el campo, si no quiere que nos armemos, que nos dé seguridad”, esa es su respuesta.
En las calles del pueblo se observan filas de soldaditos de cabello negro y piel oscura. Llevan gorras de visera y huaraches. Cubriendo su rostro con paliacates.
Portan armas de madera, pistolas de juguete y los mas pequeños palos, en una procesión encabezada por mujeres, luego los niños soldado y al final los adultos con armas que denotan los años de lucha.
Ante los periodistas que son de las pocas personas bienvenidas, mencionan «no somos delincuentes», una frase para que el Gobierno los escuche.
En este municipio solo hay una certeza: son pobres y no quieren violencia, pero generación tras generación van pasando por las armas. Las mujeres aunque no están de acuerdo tienen que acatar las decisiones de los hombres.
Los hombres votan al Consejo Comunal que gobierna en asamblea, si las urnas de votación serán colocadas, ya que aseguran no conocen a los aspirantes, nadie se presenta ahí, se considera un pueblo en el abandono y la pobreza, ya que Estado no se manifiesta en la zona.
En José Joaquín de Herrera viven nueve viudas, 14 huérfanos y 34 desplazados de comunidades cercanas asediadas. Y están aislados. El médico se acerca cuando hay una emergencia. Nadie le echa el alto en la carretera, porque también cura a los afligidos en otros poblados. Llegan algunos comerciantes a surtir de lo básico, previo pago al que cobra.
Cuando acaban la primaria, los alumnos no siguen estudiando porque tendrían que desplazarse unos kilómetros más allá, donde anida el peligro: balas o secuestros, dicen. Tampoco se acercan a ver a los familiares que viven en la cabecera de comarca. En este pueblo, cuando señalan a la montaña ven cañones de escopeta en lugar de pensar en maíz, frijoles o calabazas.
La tropa sudorosa se interna en el campo. “¡Niños comunitarios, firmes, ya! ¡Embrazar armas, ya! Si no hay quien nos defienda, entonces vamos a responder con fuego a los sicarios, ¡hijos de la chingada!”. Una decena de tiros deja nubecillas de humo en el aire. Y la montaña les presta eco.
